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miércoles, 16 de marzo de 2011

PENSAMIENTOS MADRE MARÍA INÉS. Confianza

*121* Sagrado Corazón de Jesús en ti confío! ¡Y confío también en mi dulce Madre del cielo, en mi adorada Morenita en la Señora de mi alma, en la robadora de corazones!

*122* Ya no quiero faltar a mis promesas Jesús mío, quiero ser toda generosidad; toda humildad, toda paciencia, toda mortificación, toda gratitud y toda confianza en tu misericordia. Sí, Jesús, la gratitud y la confianza han tomado asiento en mi corazón y muy lejos están mis pecados de apartarme de ti.

*123* Oh no Señor! Heme aquí, pues me has llamado. Me doy a ti con toda la intensidad de mi alma ¿Para qué exponerte mis deseos? Tú los ves. Ya sé que tú me amas, siento que tienes designios especiales sobre mi alma, confío en ti con inmensa confianza.

*124* Confiar, confiar siempre, confiar por encima de todo; la confianza humilde, cautiva el corazón de Dios. ¡Oh Dios mío! Yo quiero siempre decir, desde lo íntimo de mi alma «Aun cuando me dieses la muerte, en ti esperaría».

*125* Jesús, tú que ves mi corazón y mis deseos, ayúdame. En ti confío

*126* En ese profundo abatimiento, en ese conocimiento íntimo de mi inmensa miseria, que muchas veces por si sola sería capaz de anonadarme hasta la desesperación, nace, se levanta poderoso el sentimiento de inmensa confianza en ese Dios infinito, en cuya hoguera de amor, se evaporan, consumiéndose, como pequeña gota de agua, los fardos de nuestras inquietudes.

lunes, 14 de junio de 2010

LLEGAMOS AL FINAL.. QUE SIGUE SIENDO UN PRINCIPIO

Después de una nueva valoración médica, el oncólogo inicia una terapia intensiva cuyo objeto es desinflamar las cavidades que envuelven el tumor. El tratamiento da resultado y la Madre Inés experimenta un cambio. El 16 de febrero, dicta una carta que dirige “A todas mis queridas hijas esparcidas en los cinco continentes, para dar gloria a Dios” Les habla de su enfermedad como un regalo divino, como una manera muy especial para alcanzar la salvación personal y la de muchas almas. Las tranquiliza cuando les dice: “… a todas las quiero bien dispuestas a lo que la voluntad de Dios permita, sea lo que sea, a nosotras toca decirle como mi Madre Santísima y con su ayuda, el Fiat total que ella supo dar en toda su vida y digámosle también a nuestro Padre, “me pongo en tus manos”.

Los meses que siguen son de intensa oración y sacrifico para toda la Congregación diseminada en los cinco continentes. El deterioro físico de la fundadora va acompañado de periodos de terribles dolores que parecen interminables. Pero de pronto, algunos días, la Madre Inés vuelve a ser la misma de siempre, bromea con sus hijas, les cuenta algunos chistes y hasta repite trabalenguas para hacerlas reír. Ella ve en los ojos de sus hijas el sufrimiento de la impotencia, y busca consolarlas restándole dramatismo a la experiencia de convivir con una enferma en fase terminal.

El 21 de Junio, las primeras vocaciones del Japón, las hermanas, Francisca Honda y Consuelo Hattori, celebran sus veinticinco años de votos. Veinticinco años de entrega callada y silenciosa; de una donación sin ruido que se convierte, por gracia divina, en grito, en palabra proclamada a los hermanos del Japón. En esta misma fiesta renuevan sus votos además una religiosa indonesiana, una española y una italiana. Para la ceremonia son invitados los embajadores de Indonesia y Japón, así como distintas personalidades del extranjero, por lo que cada una de ellas repite sus promesas en su lengua materna. Al final, el párroco del barrio que preside la celebración, visiblemente emocionado, se pone de pie y declara: “… no puedo quedarme callado, quiero dar las gracias por este momento celestial, por este nuevo Pentecostés. Los caminos de Dios son maravillosos. Quién iba a pensar o imaginar que nuestra parroquia vibraría con tanta fuerza como lo vemos ahora. Hombres y mujeres de diferentes razas y pueblos están aquí cantando al unísono la misma fe de Cristo”.

Al terminar la misa, las religiosas se dirigen a la habitación de su fundadora y se arrodillan alrededor de su lecho. Todas colocan su mano sobre el brazo de la enferma y renuevan a coro sus votos. En un momento de fuerte emoción para todas, la Madre Inés les exhorta: Amen a Dios sobre todas las cosas con todo su corazón, con toda su mente, con todas sus fuerzas y sirvan al prójimo desde el abismo de la nada.

Un día después, aniversario de la Transformación, las religiosas deciden celebrarlo en la intimidad de la oración y la reflexión. Todas alrededor de su madre tan amada, se renuevan como misioneras y prometen ser fieles a Dios y a la Congregación. La Madre Inés, feliz dentro de su postración, tiene palabras de cariño y simpatía para cada una, recordándoles incluso en esos momentos, anécdotas muy personales. Su mente permanece intacta.

Las semanas que siguen son testimonio de experiencias difíciles de narrar. Llegan hermanas de Nigeria, y de Sierra Leona; impacientes desean abrazar a su madre Inés y relatarle los esfuerzos de la misión, las penas y alegrías del trabajo en la selva africana. Pero ya no es posible, el lenguaje vivaz y travieso de Madre Inés, se traduce en miradas silenciosas que quisieran ser gritos de esperanza para cada una de sus hijas. Cuando le cuentan que precisamente en esos días se bautizan en Sierra Leona veintisiete alumnas de la secundaria, la Madre se reanima, abre un poco más sus ojos, y se escucha débilmente: ¡Que Hermoso!

Cada día de julio, roba hálitos de vida a la Madre fundadora. En medio de dolores indescriptibles y un agotamiento total, se debate el cuerpo de la religiosa, siempre consciente.

El 22 de Julio, a las cinco y media de la tarde, después de practicarle unas inhalaciones, la madre Vicaria le lleva sus alimentos. Después de dos horas de esforzarse para que comiera le dice: “Por fin nuestra madre ya terminamos”, y la madre Inés le contesta en tono solemne, con una doble y trascendente significación, como si supiera que serían sus últimas: Sí, hemos terminado gracias a Dios.

Varias hermanas ayudan a recostarla. La Madre Inés empieza a respirar con dificultad; después de unos momentos de asfixia, hace un esfuerzo por alcanzar el aire y la madre Teresa Botello se da cuenta que está muriendo. Algunas religiosas corren por el agua bautismal y el Cirio Pascual a la capilla. Mientras unas rezan el Magníficat, otras recitan algunas jaculatorias y otra le da masaje al corazón. Cinco minutos después llegan el doctor y el sacerdote.

El médico toma la presión, examina el corazón y las pupilas. Vuelve su mirada a la madre Vicaria y con una señal confirma su muerte. El padre da la absolución y reza el responsorio. La Unción de los Enfermos ya le había sido administrada tiempo atrás. Todas con el llanto en el alma, pero llenas de gratitud, rezan un Te Deum y caen de rodillas. La madre Vicaria con el corazón destrozado abraza el cuerpo de la Madre Inés y le dice: “Ahora si nuestra madre, ya nos conoces tal cual somos, por eso nos vas a ayudar a cada una en lo que necesitamos.”

Después de arreglarla, la trasladan entre varias hermanas y en una mesa sobre un lienzo blanco, acomodan el cuerpo de fundadora con su hábito, su velo y una gladiola blanca entre sus manos. Luce impecable, llena de la paz que pueden alcanzar quienes han vivido siempre de acuerdo a la voluntad de Dios.

A muy pocas horas de su muerte se inicia un desfile de grandes personalidades de la iglesia de Roma.

Tanto obispos como cardenales se arrodillan ante el cuerpo de la religiosa, con manifiesta humildad y veneración. Los cardenales Agnello Rossi, Sebastian Baggio y Eduardo Pironio dirigen hermosas palabras de consuelo a la Congregación de Misioneras Clarisas. Todas declaran públicamente la enorme admiración que siente por ella y su Obra.

El cuerpo de la madre María Inés Teresa Arias permanece expuesto sesenta y tres horas antes de sepultarlo. Sin preparación ni maquillaje, su rostro inerte luce siempre en perfectas condiciones. Ni los médicos ni los monseñores se explican su resistencia y el perfume que exhala, pese a ser pleno verano.

Leticia Magdalena Hernández Marín del Campo
Vanclarista
Monterrey, Nuevo León, México
08 de marzo de 2001

sábado, 5 de junio de 2010

TIEMPO DE SUFRIMIENTO Y AMOR


Dos días después, con toda la emoción a flor de piel, desbordado de alegría, María Inés Teresa Arias dicta una carta dirigida a todas sus “queridas hijas esparcidas por el mundo”, como la epígrafe: “Mi espíritu se goza, en Dios, mi Salvador”. Describe detalle a detalle cada momento de la audiencia, resaltándoles sobre todo, el que ella las ha tenido presentes durante esos sublimes momentos. Les da a conocer que la bendición papal se ha extendido a todas las casas y misiones de la Congregación esparcidas por el mundo, como un regalo muy especial.

El 12 de diciembre, el día exacto de las bodas de oro, se celebra una solemne misa concelebrada por tres monseñores muy allegados a la comunidad. La madre Inés, debido a su enfermedad, dormía de manera intermitente. Ese día despierta después de la media noche, y cuando pregunta la hora y sabe que ya es la madrugada del día 12, estalla de alegría y exclama: “¡Felicidades, Madre Mía! ¡Que bella estás, ya te he ido a saludar a la colina del Tepeyac, toda radiante de gloria!”. Después de decir estas palabras, abraza a la madre Teresita Botello plena de gozo espiritual. Tal parece – comenta después la madre Vicaria a las demás religiosas – que nuestra madrecita ha visto a la Santísima Virgen de Guadalupe, tal y como se le apareció a Juan Diego. ¡Bendito sea Dios!. La Madre Inés hace un esfuerzo sobrehumano para acercarse al altar por su propio pie y recibir la comunión. A todos los presentes les conmueve el valor y la generosidad de esta mujer tan enferma y a la vez, tan llena de agradecimiento y devoción.

Después de la Comunión, uno de los celebrantes da lectura a un telegrama enviado por la Secretaría de Estado del Vaticano en el que se le felicita por sus bodas de oro de profesión religiosa; además se notifica que su Santidad ha enviado una Bendición Apostólica extensiva a familiares, hermanas de comunidad y asistentes.

Al terminar la ceremonia, todo está dispuesto para la comida. Además de los concelebrantes, se suman tres obispos más que llegan de improviso a celebrar con las misioneras clarisas el día 12 de Diciembre. Todos ellos comparten entre sí la enorme admiración y cariño que les inspira la fundadora. Algunos de ellos coinciden en lo mucho que su vida sacerdotal se ha enriquecido con el ejemplo de la Madre Inés; otros, como el padre Gabriel Ferlisi y el padre Roberto, consideran como una gracia especial de Dios, el haberla conocido.

De todas las casas llaman por teléfono para felicitar a su querida fundadora y aportan así su parte de felicidad en ese maravilloso día. Por la noche, después de descansar unas horas, la Madre Inés llama a sus hijas para compartirles los goces que la Santísima Virgen le ha obsequiado. Les dirige un espontáneo discurso que se convierte en un verdadero testamento espiritual: Quisiera decirles que ya es ésta la última etapa de mi vida; no sé cuánto va a durar, sólo Dios lo sabe y estoy en sus manos; pero les dejo una Comunidad por la misericordia de Nuestro Señor y el esfuerzo de ustedes, todas unidas en el mismo espíritu, con los mismos anhelos de santificación, de comprar almas para el cielo, de glorificar a Dios, así salvándole almas, aprovechando todo lo que Él hace en cada una de dolor, de alegría, de sufrimiento; llenas de fe siempre, llenas de su amor. Para terminar, con absoluta confianza agrega; No sé cuando llegará mi hora. Cuando Dios quiera, ni antes ni después la deseo, sino a la hora precisa que Él quiera, cuando quiera, en la forma que quiera…” Después de esa significativa alocución, la Madre Inés empieza un período muy difícil de su enfermedad. La intensidad del dolor la deja en un estado de decaimiento y debilidad que la obliga a permanecer en un sillón donde pasa los días y las noches. Una infección en la garganta y en el esófago le impiden alimentarse; apenas si puede pasar saliva. Sus defensas se reducen prácticamente a cero, por lo que sólo algunas contadas personas pueden estar en contacto con ella. No obstante, una de las religiosas que la cuida la describe así, en una carta: “Nuestra Madre está viviendo con una lucidez extraordinaria la soledad de su calvario. Jamás adopta una actitud de víctima con cara patética. Siempre con la misma sencillez, la misma naturalidad, la misma sonrisa inspiradora de paz. Vive todos los días en íntima unión con Dios. En fin, lo extraordinario parece en ella, ordinario.”


El 3 de enero de 1981, la madre parece agravarse. Ese día todo está listo para la profesión perpetua de una de las religiosas. La joven profesa había viajado de Pamplona a Roma, pues su mayor deseo era hacer sus votos frente a su Superiora General. En el último momento se toma la decisión de celebrar el acto principal en la intimidad de su lecho, y no en la capilla como era costumbre. Como si en su declaración hubiera unido las voces de toda la congregación, la profesa coloca sus manos entre las afiebradas manos de la enferma, y resume con palabras llenas de emoción, lo importante que ha sido para ellas su ejemplar espíritu misionero y apostólico. Después de esos momentos conmovedores, donde parecía imposible contener las lágrimas, la madre Inés, que apenas puede pronunciar palabra, les dice: Esta profesión es el fruto de una noche de terribles dolores de muerte….

sábado, 22 de mayo de 2010

MADRE INÉS Y EL PAPA



Audiencia Privada con el Papa Juan Pablo II.

Desde que la Superiora General se encontraba en su último viaje por el Oriente, las religiosas de Roma habían hecho una solicitud para que su fundadora pudiera coronar sus Bodas de Oro de consagración religiosa, con una misa en la capilla privada del Santo Padre. Estando todavía en el hospital, la Madre María Inés había recibido la visita del Emmo. Sr. Cardenal Angelo Rossi, Prefecto de la Sagrada Congregación para la Evangelización de los Pueblos, junto con su secretario; ambos la admiraban y respetaban profundamente. Al darse cuenta de la gravedad de la reverenda Madre, el Cardenal se apresura a tramitar la petición para la audiencia. Esta petición, y la efectiva intervención de monseñor Alibrandi lo hacen posible. Mientras tanto las religiosas rezan con redoblado fervor, para que pronto se haga realidad el sueño de su querida Madre.

Era la mañana del 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, y no se recibía aún ninguna respuesta. La Madre Inés se había despertado muy temprano saludando gozosa a la Santísima Virgen, y pocas horas más tarde, mientras participaban en una solemne misa, se recibe una llamada del Vaticano. El Secretario particular del Papa las cita para el día siguiente, 9 de diciembre a las 6:45 de la mañana, en el departamento privado de Su Santidad. ¡Por fin llega tan anhelado día! La Madre Inés renovará sus votos frente al Vicario de Cristo y le harán corona veintiséis de sus hijas, en una misa celebrada sólo para ellas, por el Sumo Pontífice. Esa misma tarde preparan paso a paso las lecturas, los cantos y el pergamino de renovación que firmaría el Papa.

El día 9, muy temprano, se encuentran listas con cada una de las encomiendas, revisando que falte ningún detalle. El frío es intenso, pero ellas tiemblan más por la emoción de encontrarse en el interior de los apartamentos pontificios. Un guardia suizo custodia la entrada. Es espectáculo del amanecer sobre la majestuosa Cúpula de San Pedro, ya dorada por el primer rayo de sol, las deja enmudecidas.

Pronto les indican dónde dejar abrigos y bufandas para poder lucir radiantes sus impecables hábitos. Al llegar la hora, el padre secretario las recibe y señala la entrada al lugar donde el Santo Padre termina de rodillas sus meditaciones matutinas.

El silencio reinante se ve alterado por los rechinidos de la silla de ruedas que conduce a la Madre Inés. La habían lavado tan bien que le resecaron los ejes. El Papa al escuchar los agudos sonidos, voltea hacia la madre y le dirige una amable sonrisa haciendo una ligera inclinación de cabeza a modo de saludo. A la derecha del Papa puede apreciarse una pequeña Madonna de Chestojowa, la patrona de los polacos.

A las siete en punto, el Papa se levanta de su reclinatorio y empieza a revestirse con los ornamentos para dar inicio a la misa. Los momentos más solemnes son los de la renovación. Frente al Vicario de Cristo, la Madre Inés, con voz débil pero segura, lee palabra por palabra y frase por frase, sus votos y las pruebas de su filial adhesión. Al finalizar la Eucaristía, en absoluto silencio, sólo interrumpido por el rechinar de una silla de ruedas que pide a gritos unas gotas de aceite, se encaminan a la sala contigua donde el Papa se entrevista con la Madre Vicaria, encargada de relatar brevemente los datos sobresalientes de la Congregación y de su fundadora. Después de escuchar a la madre Teresa Botello, Juan Pablo II se dirige a la Madre Inés.

Ella le entrega junto con la congregación su vida misma, e inician un pequeño y cálido diálogo de Padre a hija, de médico divino a enferma, de maestro a discípula. Al final, el Papa le hace tres cruces en la frente y la bendice; ella le besa las manos y él deposita un beso en su frente encanecida y le entrega una cajita blanca conteniendo un rosario también blanco, como su vestidura. Luego se dirige al semicírculo formado por todas las demás religiosas y las saluda, por una por una. Les repite varias veces: ¡Cómo es fiel! : ¡Cómo es fiel!, refiriéndose a su fundadora.. En un diálogo más informal, él mismo les insiste que se acerquen para que todas salgan en una fotografía a su lado y al de su fundadora. Con simpatía se despide y ya para salir, al escuchar la porra, termina con voz fuete el “ra, ra, ra”.

Los gozos más sublimes tienen su fin y el momento de retirarse llega también. La experiencia es prácticamente inenarrable y única. Todo un regalo divino para la Congregación.

viernes, 7 de mayo de 2010

REGRESO A ROMA


Regreso a Roma

En una carta fechada el 6 de noviembre de 1980, la Superiora General les escribe a todas sus queridas hijas y les comunica sus impresiones acerca de su largo viaje: “Continúen hijas, acrecentando estas virtudes de abandono absoluto a ese misericordioso Corazón, que con los brazos abiertos espera sólo que nos arrojemos a Él. Continúen luchando sin descanso, ahora en la quietud de la oración, ahora en el apostolado que la obediencia les tiene asignado, para que ese Corazón sea conocido, sea amado y llegue a reinar en su alma”.

En cuanto a su salud, la madre Inés reconoce que sus dolores serán ya sus más fieles compañeros. Les comenta además en la misma carta, que desde hace algún tiempo nota que algo le sucede en el único ojo con el que puede leer. Le es casi imposible fijar la vista pues las líneas parecen cruzarse unas con otras. Al final, la despedida va cargada de una emotividad especial; como si presintiera no tener mucho tiempo, les hace recomendaciones muy significativas para finalmente bendecirlas con todo el amor de una verdadera madre.

Semanas después, diversos estudios y análisis médicos, revelan que en efecto, la madre ha sufrido un derrame cerebral que le semibloquea el nervio óptico y deja el ojo izquierdo con un solo ángulo de visibilidad. Este nuevo problema se suma al hecho de que su sistema óseo se encuentra invadido de artrosis y con un grado muy alto de descalcificación. El doctor Pagni, no puede explicarse la capacidad de la religiosa para soportar los terribles dolores que eso genera, de acuerdo al cuadro clínico y su experiencia, el neurólogo opina que es sobrenatural su tolerancia al dolor.

El 17 de noviembre es trasladada en ambulancia a la clínica para someterla a estudios más especializados. Un eminente neurólogo, considerado el mejor de Italia, se hace cargo de su caso. Dos días después, se le administran los Santos Óleos. Los dolores de cabeza aumentan en frecuencia e intensidad y el médico advierte la imposibilidad de conocer el curso de la enfermedad, porque en esa situación, se corre el riesgo de perder la conciencia. Ella, por su parte, permanece serena, paciente y de muy buen humor. Ante el asombro de enfermeras y médicos, aprovecha cualquier oportunidad para contar chistes y darles consejos a sus hijas.

El 21 de noviembre, los resultados finales de la tomografía indican un derrame cerebral muy extendido, en calidad de tumor. La medicina en esos casos se considera impotente y de allí en adelante los especialistas sólo se preocuparán por mitigar sus dolores y lograr así una relativa calidad de vida.

Con el corazón hecho pedazos, la madre Teresa Botello, su fiel enfermera y Vicaria General de la Congregación, comunica a todas las casas, el triste dictamen médico. Las oraciones, sacrificios, misas y adoraciones al Santísimo, por turnos ininterrumpidos, son elevadas en cada región donde se encuentran las misioneras clarisas, para pedir suplicantes el milagro de su curación.

El tratamiento implementado para disminuir los dolores permite trasladar a la Madre Inés a la Casita de Roma. Una tarde lluviosa y azotada por un viento helado, sus queridas hijas cubriéndola del frío, la bajan de ambulancia con especial cuidado y le cumplen su deseo de llevarla a la capilla frente al Santísimo. Radiante, como si fuera la persona más sana del mundo, se entrega sin reservas; descarga en el corazón amoroso de Jesús todos sus miedos, sus dolores, sus fuerzas, y las lágrimas descienden delicadamente por sus mejillas. Suaves sollozos dejan adivinar sus sentimientos. Sus hijas, como las llamaba, entonan con voces entrecortadas el Te Deum.

miércoles, 21 de abril de 2010

ÚLTIMA VISITA A JAPÓN E INDONESIA



Última visita a Japón e Indonesia.
Última visita a Indonesia

El 14 de octubre de 1980 la Madre Inés llega a Japón, acompañada de su mejor enfermera, la madre vicaria. Además del pesado viaje de California al Puerto de Narita, el camino del aeropuerto al convento se lleva más de cuatro horas, pues un tifón con lluvias torrenciales deja muy dañadas las carreteras. Sin dormir y con evidencias de cansancio y molestias, la Madre entra directamente a la capilla, a dar gracias.

última visita a Japón
Una semana después, reunidas todas las hermanas de la región y los vanclaristas japoneses, celebran con gran regocijo los cincuenta años de su fundadora. La ceremonia, aunque sencilla, es muy emotiva y participan cristianos y no cristianos. Todos felices de tener cerca a la Madrecita Inés y poder así demostrarle su adhesión y gratitud.

No parece conveniente continuar el viaje a Indonesia, pues los dolores que sufre la religiosa son cada vez más fuertes y le impiden en ocasiones, caminar. Sin embargo, una mañana que despierta sintiendo una leve mejoría, le dice a la madre vicaria, muy animada: -No tengo corazón para desilusionarlas, vamos a Indonesia a verlas y a que me vean. Inmediatamente se comunica la noticia a las superioras de ese país, y las religiosas empiezan a prepararse emocionadas por la venida de su madre fundadora.

Con un esfuerzo sobrehumano sin importarle las consecuencias que le ocasionará el viaje, la madre Inés se entrega toda, a llevarles la bendición y cariño a esa comunidad aislada que le espera con gran ilusión. El viaje de once horas por aire las conduce a Jakarta, pero para llegar a Surabaya, el punto de reunión de todas las hermanas, deben trasladarse en un avión que despega de otro aeropuerto. Además de las molestias por el largo viaje, los aeropuertos no cuentan con pasillo aéreos que faciliten el abordaje. La Madre Inés tiene que ser ayudada por las religiosas para subir y bajar las incómodas escalinatas.

Por fin, en Surabaya, las hermanas de Madium y de Flores, esperan impacientes el aterrizaje. A lo lejos ven llegar a la reverenda madre sumamente cansada, pero muy sonriente. Sólo dos días y medio podrán tenerla cerca, y por lo tanto cada minuto es aprovechado al máximo. Les parece un verdadero sacrificio vencer la tentación de abrazarla, pero se les ha puesto al tanto sobre su enfermedad y por ningún motivo deber correr el riesgo de lastimarla.

Su breve estancia en Indonesia es la más grande prueba de amor; todas las religiosas confirman que su fundadora no se encontraba de ninguna manera, en condiciones de hacer ese pesado viaje. Sin embargo les sorprende su maravilloso buen humor, pues hasta les lleva una serie de regalos-broma con los que se da el gusto de “tomarles el pelo”: chocolates de plástico, culebras que saltan al abrir cajitas, sanitarios que al destaparlos salpican un chorro de agua, etc. Divertida la Madre Inés es la primera que sonríe, mientras sus hijas confundidas, la secundan.

La última visita que realiza esta misionera deja en sus religiosas un gran ejemplo: nunca se queja del calor, ni de los mosquitos, ni de las incomodidades del viaje. Las postulantes, novicias y religiosas aprenden a imitarla, evitando las quejas, que en algunas de ellas, parecen cantaletas de todos los días. Durante su visita, la madre Inés las exhorta insistentemente a confiar siempre en Dios, a pesar de todo cuanto suceda.


lunes, 12 de abril de 2010

LAS BODAS DE ORO

Las Bodas de Oro

1980 se convierte en un año Jubilar. Es el año en que la madre Inés celebrará el 12 de Diciembre sus cincuenta años de consagración religiosa. Sus bodas de oro son motivo de festividades, pero sobre todo de acciones de gracias. ¡Cuántos frutos espirituales y materiales! ¡Cuántas satisfacciones y beneficios! Pero también ¡Cuántas humillaciones, sufrimientos y dificultades ha tenido que soportar y enfrentar esta religiosa ejemplar! La comunidad de misioneras clarisas en cada rinconcito donde se encuentra, hace planes para conmemorar este acontecimiento tan esperado.

Sin embargo, esos planes no llegan a realizarse como es su deseo. La madre Inés empieza el largo camino del calvario físico; un camino de dolor y de enfermedad que la llevarán tarde o temprano, a la muerte. Diez años antes había sufrido una terrible caída en la azotea del noviciado, en Cuernavaca y en consecuencia, su cuerpo del lado izquierdo sufre una desviación que empieza ya a cobrar los daños.

A pesar de que los dolores en la rodilla, brazo y hombro le hacen difícil caminar y sobre todo viajar, decide visitar a sus hijas en Irlanda, España, México, California, Japón e Indonesia, porque presiente que el ocaso está cerca.

Luchita y los hijos de Alma
En mayo llega a Dublín junto con la madre vicaria, Teresa Botello. Durante su feliz estancia en la residencia de estudiantes, ocurre un detalle curioso: una mañana muy temprano, la madre vicaria recibe la noticia de la muerte de Luchita, la hermana de sangre de la fundadora. Cuando la madre vicaria se dirige a la habitación de su superiora, y mientras piensa la manera de comunicarle tan triste recado, se da cuenta de que se oyen ruidos en el cuarto y se dispone a pasar. La madre Inés voltea a verla y le pregunta si alguien ha entrado antes que ella y le ha tocado en el hombro. La madre vicaria le responde que nadie y es entonces que la superiora le explica que su hermana Luchita le ha dicho: “-Manuelita, ándale.” La madre vicaria, sorprendida le dice que precisamente ella entraba a avisarle de la muerte de su hermana en México. Aquella visión es interpretada por la religiosa como un aviso de su ya difunta hermana, para prepararla a la etapa final de su vida.

Última visita
Después de pasar por España, llega a Cuernavaca con dirección a la Casa Madre donde tanto religiosas, novicias, postulantes y hasta el fiel profesor de canto, hacen valla con un enorme ramo de rosas para darle la bienvenida. El primer deseo de la Madre es pasar a la capilla, y frente al altar agradecer a Dios el permitirle de nuevo regresar a esa su primera casa, por la que siente un amor muy especial. Mientras tanto todas sus hijas cantan a coro un Te Deum en acción de gracias.


Lupita y José María
Durante el tiempo que permanece en la ciudad de la eterna primavera, se le organiza una solemne misa para celebrar sus bodas de oro. Ella, anticipadamente les señala su deseo de que cualquier festejo se haga de la manera más austera. Todos respetan su voluntad y preparan una ceremonia en la intimidad y con suma sencillez. Esto de ninguna manera le resta brillantez, ni mucho menos emoción. Asisten tan sólo algunos familiares pero en un lugar de honor el matrimonio de Don José María y la Sra. Lupita, la hermana de sangre de la superiora general. Ellos, a su vez, celebran cincuenta años de matrimonio. La Madre Inés pide que en el ofertorio se cante “Acepta Señor, la ofrenda de mi vida” y en el momento de la comunión, a la vista de toda la asamblea, renueva una vez más su consagración. Después de que se reparte la Sagrada Eucaristía, el sacerdote entrega a Don José María y a su esposa, el título honorífico de Caballero de San Silvestre, enviado por el Santo Padre. De esta manera la Iglesia les da el reconocimiento de Bienhechores Insignes, a esta pareja, que con una generosidad ilimitada, apoyó siempre la obra de la Congregación de Misioneras Clarisas.

Antes de partir a California, la Madre Inés deseaba visitar las casas de Guadalajara y Arandas. Desgraciadamente en la capital tapatía sufre una seria caída al tropezar con un tapete, que viene a afectar todavía más su quebrantada salud. No obstante, pide a pesar de todo, visitar la casa de Arandas, pues debido a dos fuertes trombas, el lugar había sufrido considerables daños y muchas familias habían quedado en condiciones lamentables.

Con la ayuda de quiroprácticos y medicamentos, la Madre Inés hace esfuerzos admirables para continuar visitando a sus hijas en ésta que consideraba su última salida de Roma.

última visita a EUA
Ya en California se le hacen nuevos estudios y un especialista empieza a hacerse cargo de su tratamiento. El médico se queda maravillado de la resistencia y del buen humor de la religiosa, pues sabe que los dolores que se derivan de la desviación de columna vertebral que padece, llegar a ser insoportables. Sin fuertes drogas, la madre debía estar quejándose a gritos; sin embargo no pasaba de reflejar algunos rictus de dolor en su rostro y presentar una respiración fatigosa. Para ella el sufrimiento tanto físico como moral, es una oportunidad enorme de ofrendar al Señor.

Cincuenta años antes, Manuelita de Jesús se había trasladado a California como seglar, huyendo de los peligros que corrían todos los católicos consagrados. Después de cinco décadas, una mujer ya anciana y enferma, llega disimulando con una sonrisa, los estragos de una enfermedad que empieza a consumirla.

¡Cuántos planes para celebrar en el corazón de Los Ángeles, en aquella humilde iglesia de San Toribio, los enormes frutos de la misionera incansable! Pero todo tiene que ser lo más senillo posible, debido a las condiciones físicas de la superiora. La Madre Inés aprovecha su última estancia en los Estados Unidos para exhortar a sus hijas a vivir en la esperanza, y a superar los tiempos difíciles a través de tres actitudes fundamentales: la oración, la cruz y la caridad fraterna.

domingo, 28 de marzo de 2010

Van - Clar

Desde las primeras Constituciones, aprobadas en 1953, la Madre Inés manifiesta su deseo de extender el carisma misionero a jóvenes laicos. Ella sabe perfectamente que las religiosas no pueden penetrar en ciertos ambientes como son los negocios, la política, la publicidad, etc. Y la evangelización es necesaria en todos esos medios, donde mujeres y hombres realizan actividades importantes para la sociedad. Van-Clar es primero un sueño y luego, una realidad. La forma abreviada de las vanguardias clarisas, representa la esperanza de llevar el evangelio vivo, a los espacios que por su condición de religiosas, ellas no pueden abarcar.

Estos seglares comprometidos, misioneros laicos, empiezan a surgir poco a poco, en algunas de las ciudades donde hay casas de religiosas misioneras clarisas. Primero en California, luego en Puebla, más tarde en Monterrey y así sucesivamente. Su lema “Vivir para Cristo” significa responder a las promesas bautismales dando testimonio cristiano en la familia, el trabajo, la escuela, con los vecinos, etc.

Para 1966, la Madre María Inés, con algunas religiosas, elaboran los primeros Estatutos de Van-Clar, y después de años de estudio y análisis, son aprobados por el Capítulo General de 1973.

Actualmente Van-Clar se encuentra diseminado en muchas partes del mundo y también, como la propia Congregación de Misioneras Clarisas, ha tenido períodos de desarrollo y de enormes frutos; como también ha sufrido otros, de desánimo y escepticismo. Aún así, el movimiento Van-Clar ha dado vocaciones religiosas y sacerdotales, y un considerable número de muchachos y muchachas han vivido la experiencia de dar un tiempo de servicio a la Iglesia en la Congregación, dejando familia, amigos, estudio y trabajo.

Misioneros de Cristo para la Iglesia Universal

A través de diferentes acontecimientos, la madre María Inés ve manifestarse la voluntad de Dios. Cuando algunos chicos misioneros sienten la vocación del sacerdocio pero a la vez, desean seguir siendo misioneros, la madre acoge la llamada para fundar una congregación misionera masculina que viva el carisma de las misioneras clarisas. Los primeros Misioneros de Cristo son recibidos en el Seminario Arquidiocesano de Monterrey en calidad de internos, y bajo la vigilancia del Obispo Juvenal Porcayo Uribe. Años más tarde, el Arzobispo de Acapulco, Rafael Bello, es designado como responsable de la nueva congregación, cargo que sigue desempeñando hasta la fecha.

Los misioneros de Cristo para la Iglesia Universal, poco a poco han ido cosechando sus frutos. Actualmente hay diez sacerdotes, un diácono y otros hermanos; la mayoría, profesos de votos temporales que estudian en el seminario mayor de Monterrey.

Las misioneras clarisas; los vanclarisatas y los misioneros de Cristo forman una sola familia, unida por la misma espiritualidad que le fue inspirada a la madre María Inés en distintos momentos de su vida.


jueves, 11 de marzo de 2010

CRISIS EN CALIFORNIA

Crisis en California

Años después, cuando todavía quedaban en la memoria, cicatrices del drama en el noviciado, se descubre otro lamentable “proyecto”. La superiora de California, que más tarde funge como superiora regional en México, urde un plan con el deseo de quedarse con toda la región de ese Estado. Eran ya varias casas que tenían a su cargo las misioneras clarisas en tierra californiana. Aparte de Gardena, las religiosas trabajaban en un apostolado con jóvenes en la casa que les habían regalado en Sylmar; tiempo después, en 1975, a petición del Cardenal Manning aceptan además, la dirección de la escuela parroquial “Our Lady Help of Christians”.
La superiora de esa región, junto con cinco religiosas más, planean fundar su propio instituto para lo cual llevan a cabo varios trámites. Enterarse de esta nueva traición es doblemente doloroso para madre María Inés. La Congregación de Misioneras Clarisas de Santísimo Sacramento, celebraría el XXV aniversario de la Transformación para lo cual se preparan fiestas en distintas casa por tan memorable acontecimiento. Además, las religiosas decididas a separarse, eran de votos perpetuos, por lo que al salir de la congragación deben esperar un permiso extraordinario de La Santa Sede. Sin embargo ellas no están dispuestas a esperar. Aprovechando su posición como superiora regional y teniendo conocimiento de los proyectos de misiones futuras, la religiosa que encabeza el grupo, responde a una solicitud del Sr. Obispo de Gallup en Nuevo México. El obispo, ignorando sus intenciones, acepta al grupo de misioneras.

Sobre la Santa Sede, sobre el Derecho Canónico, sobre la Congregación de Misioneras Clarisas, ellas abusan de la confianza y buena fe de sus superiores. La Madre María Inés sufre enormemente con todas estas traiciones. Parece inconcebible que aquellas mujeres, consideradas como sus hermanas fueran capaces de algo tan desleal. Ella está consciente de qe la Congregación de Misioneras Clarisas no le pertenece sino a Dios: “No ha sido la fundadora quien eligió esta obra; ha sido el mismo Dios. Es suya, a Él debemos atribuir lo bueno que se encuentra en ella. Sería una ingratitud si nos cegáramos a ver lo mucho de valor que tiene, porque es suyo, es de la Santísima Trinidad y a ella honor y gloria por todos los logros alcanzados.”

jueves, 4 de marzo de 2010

PENSAMIENTOS MADRE INÉS. Almas

Almas

*9*

Dame Dios mío, generosidad muy grande, espíritu de continua mortificación y el don de la oración continua, humilde y confiada, para salvarte muchas almas, ya que tienes la dignación de hacernos cooperadores tuyos en la grande obra de la Redención.

*10*

Creo que cada cosilla, ofrecida por muchas intenciones a la vez, puede comprar, digámoslo así, todas y cada una de las almas, por cuanto va unida a la obra a los méritos de Jesús, y purificada por las manos de María.

*11*

Lo que a mí me mueve para corregirme, para trabajar de veras en mi santificación, es lo mucho que le debo a nuestro Señor y la sed que siento por salvarle almas, por salvarle México, por hacer amar a María,

*12*

Señor mío y Dios mío! ¡Bendito seas! Mi alma rebosa gratitud hacia ti. Está inundada de tus gracias, celestiales claridades, que no acabaría de escribir, la inundan y la hacen ver el inmenso campo de acción que se encierra en los límites de su pequeño convento, para trabajar como madre cariñosa, por la niñez y juventud toda.

*13*

Es increíble, las fuerzas que el pensamiento de salvarle a Jesús almas infantiles, me daban para continuar una lucha, diré, cuerpo a cuerpo, con todos los poderes del infierno, en medio de una extrema debilidad física, proporcionada por el excesivo trabajo y la escasa alimentación.

*14*

No es la consideración del infierno, no es la consideración del cielo con su dicha eterna, ni lo tremendo del juicio, ni nada de estas cosas, lo que me mueve a amar a nuestro Señor, a procurar su gloria, a ser fiel hasta las menores cositas, lo que me mueve son las almas, salvar almas para Jesús.

MADRE INÉS. Segundo Capítulo General

Biografía Madre Inés Teresa Arias

Segundo Capítulo General

Madre Inés en EEUU
Para el segundo Capítulo General de elecciones en 1973, la Madre Inés había tenido tiempo de reflexionar seriamente sobre su situación como Superiora. A punto de cumplir setenta años de edad, se considera incompetente para dirigir una congregación que a pesar de sus crisis, sigue creciendo, y llega a rincones alejados, tanto del oriente como del occidente. Siendo casi una anciana le parece difícil aprender idiomas para poder comunicarse con sus nuevas hijas de países tan alejados. El ritmo de trabajo que exige su posición es cada vez más acelerado y su salud no parece resistirlo.

La Reverenda Madre ha tenido tiempo además, de reflexionar sobre ciertas situaciones que le preocupan y sobre las que no sabe a ciencia cierta, hasta dónde exigir o permitir. Desde novicia ella había aprendido y aceptado cada una de las implicaciones sobre la fidelidad a la obediencia. Tenía muy claro que este voto, al igual que los otros dos, debía respetarse sin la más mínima justificación o reclamo. Su preocupación se debía a que se daba cuenta directa o indirectamente, que algunas de sus jóvenes religiosas pasaban por alto su voto. Para la madre Inés resultaba muy doloroso saber que en ocasiones, algunas hermanas actuaban conforme a su gusto o necesidad. Tampoco podía ignorar que otras hermanas fallaban o traicionaban el voto de pobreza. Parecía como si el sacrificio de ciertas comodidades materiales, pasara a un segundo término. Aunque la Reverenda Madre deja todo esto en manos de Dios, se siente responsable de estas fallas y pese a toda su buena voluntad se culpa de no haber sabido enseñar a esas hijas el camino de la santidad.

Sus convicciones son muy claras: de ninguna manera puede permitir que la búsqueda de la perfección decaiga en la comunidad. Sabe que hay hermanas más jóvenes y mejor preparadas que ella para actuar en situaciones tan delicadas. En ese momento de su vida está segura de que entre sus hijas habrá quien pueda tomar las riendas del Instituto con más energía e inteligencia.

En junio de ese año escribe una carta a las superioras y delegadas regionales, y en tono suplicante les exhorta a elegir a otra hermana que pueda guiar a la Congregación de acuerdo a los lineamientos y al carisma de las Constituciones. Les habla de su deseo de dedicarse de tiempo completo a la oración, en el silencio y en la soledad del retiro.

La voluntad de Dios se manifiesta de manera muy clara. El día señalado para las elecciones, después de presidir con mucha devoción el rezo del Veni Creator, se realiza la votación. El resultado es definitivo y las capitulares caen de rodillas ante la sorpresa: todas, absolutamente todas, desean que su madre María Inés continúe conduciendo los destinos de la Congregación. No pueden negar lo difícil que le resultará a su fundadora seguir al frente; pero saben que ella representa el carisma misionero que tanto las anima.

Ante aquella efusiva manifestación, donde todas derraman lágrimas de emoción, la menuda figura de la reelecta Superiora Genera, se pone de pie y les pregunta con una tranquilidad asombrosa: “¿Por qué lloran, no hay razón para ello; se ha manifestado la voluntad de Dios, ¡ Bendito Sea ! “ Con la ejemplar entrega y obediencia que la caracterizaba, se dedica a consolar cariñosamente a cada una de sus hijas. Aunque ella se había desprendido desde hacía mucho tiempo de su cargo, de nuevo pronuncia con gozo su fiat.

Ni los achaques propios de la edad, ni el cansancio, pueden detener su labor como evangelizadora. Era necesario visitar cada uno de los campos de misión a pesar de las distancias, para continuar velando por el desarrollo espiritual y material de cada uno de ellos. No puede descuidar tampoco la promoción vocacional y la atención personal a sus hijas, a través de cartas, o entrevistas.

Los viajes, en la mayoría de los casos, se convierten en verdaderas aventuras: rutas aéreas agotadoras, por aprovechar los boletos de más bajo precio, largas horas en tren y camioneta para llegar a poblaciones alejadas, sin posibilidad de recuperarse de las fatigas del viaje por tratarse de lugares con pocas comodidades. Peligrosos viajes en barco, donde el mal tiempo amenaza con naufragar, son descritos en crónicas, con la amenidad y la alegría de una mujer que ante todo se abandona a los designios de la Divina Providencia.

miércoles, 17 de febrero de 2010

LA SEDE EN ROMA

La sede en Roma

Desde 1962, la madre María Inés había vislumbrado la necesidad de establecer en el futuro la casa general, en la ciudad de Roma. El desarrollo del instituto exige mayor contacto con la Santa Sede.

Es hasta el 10 de enero de 1969, cuando la Congregación de Religiosos concede la autorización para el traslado de la sede generalicia. El 22 de junio de 1969, la Superiora General comunica al instituto este nuevo paso. Les explica la importancia de estar en el centro de la cristiandad y cerca del Vicario de Cristo, recibiendo las normas que él dicte para la Iglesia. De esta manera la Congregación mantiene una visión más universal de la Iglesia, y su fundadora se dispone a desarrollar las actividades propias de su cargo.

Desde un principio, el cambio resulta muy provechoso. La madre Inés puede dedicarse con más libertad a guiar ese rebaño misionero que tanto ama. Su capacidad de trabajo es asombrosa: visita las diferentes casas para conocer sus necesidades materiales y espirituales; refuerza la formación espiritual, teniendo mucho cuidado de darle un seguimiento; y atiende ya sea de manera personal, o por carta, las diferentes consultas que sus hijas le solicitan.

Muy pronto se gana el cariño y el respeto de los obispos y monseñores, que por asuntos de la curia romana debe visitar. Sus maneras sencillas y su deseo de participar en los trabajos cotidianos, dejan asombradas a las ilustres visitas, que en ocasiones la encuentran trabajando en el jardín, lavando platos en la cocina o sirviendo mesas. Además, es ella la que encabeza las tareas de la vendimia de la uva, el corte de las aceitunas y el envase de tomate en el caluroso verano.

martes, 9 de febrero de 2010

CONFLICTO EN EL NOVICIADO


Conflicto en el Noviciado


Este floreciente desarrollo de la Congregación no se libra de nuevas crisis. En 1967, la etapa formativa del noviciado tomaba toda la seriedad de una escuela bien organizada. El cuerpo docente estaba integrado por sacerdotes y religiosas de la Escuela Catequista que las examinaban con sinodales a cada una en particular. La formación de una novicia implicaba aprobar tres cursos que en total comprendían 540 horas de estudio. ¿Cómo suponer que a ese nivel de desarrollo alcanzado, la maestra de novicias planeaba apropiarse del sólido grupo de jóvenes para con ellas fundar un nuevo instituto? Aun cuando ni la más perspicaz lo hubiese sospechado, así sucede. En su trabajo subversivo, esta religiosa, encargada de la formación espiritual de las aspirantes a misioneras, envuelve a la mayoría de las postulantes y novicias; y no contentándose con eso, envía una carta a la Santa Sede que incluye una serie de acusaciones. En resumen ella asegura que el 98% de las religiosas están descontentas.

Como respuesta, de Roma llega la orden de que un asistente religioso observe cuidadosamente, y muy de cerca, a la Congregación. Una puñalada le hubiera provocado menos sufrimiento a la Madre Inés, que impresión de saberse traicionada. No obstante, se pregunta, hasta dónde ella podía ser culpable de esto. ¿Quizá – se cuestiona – mi posición como superiora ya no es conveniente? Es entonces cuando piensa convocar a un Capítulo General Especial para renunciar a su cargo y solicitar al Capítulo reunido, la elección de una nueva Superiora General. Todo esto lo comenta al Sr. Obispo de Cuernavaca, Monseñor Méndez Arceo, pero él rechaza la idea de su renuncia. Según el Obispo, debe continuar con ese cargo porque la Congregación la necesita más que nunca. Ella, muy a su pesar, es dócil y obediente.

Por su parte, la religiosa que encabeza la subversión, da por hecho, que muchas de las hermanas secundarán sus planes de separarse de la Congregación de Misioneras Clarisas. La realidad es muy distinta, cuando les pide que se reúnan con ella en Chihuahua, ciudad del norte de México, sólo unas cuantas la siguen. Meses después en el instituto se enteran que poco a poco sus seguidoras la van dejando sola.

lunes, 1 de febrero de 2010

PRIMER CAPÍTULO GENERAL

BIOGRAFÍA MADRE MARÍA INÉS TERESA ARIAS
Primer Capítulo General

Los primeros diez años a partir de la Transformación son muy intensos. Por un lado, la Reverenda Madre recibía mes a mes, solicitudes de jóvenes deseosas de ingresar; por otro, permanecía atenta y siempre dispuesta a responder las iniciativas de los jerarcas de la Iglesia para emprender nuevos caminos para salvar almas. De 1951 a 1961 las fundaciones se suceden una después de otra. O bien, algunas respondían al llamado de un obispo; o la providencia de Dios les presentaba ocasión de iniciar un nuevo apostolado, siempre de acuerdo al carisma contemplativo-misionero que caracterizaba a la Congregación.

Cada vez más fortalecía en número y experiencias este sólido grupo de Misioneras Clarisas del Santísimo Sacramento. Toda clase de dificultades burocráticas, legales o económicas se van resolviendo gracias a la infinita paciencia y tenacidad de la madre Inés. Con el firme propósito de dar a conocer y amar a Dios y a Santa María de Guadalupe, se convierte en la líder de un ejército de doscientas religiosas incansables. Cruzan las fronteras de países en los que llevan a cabo la catequesis directa, o bien desarrollan alguna misión evangelizadora a través de actividades educativas, sociales o relacionadas con la salud.

Para la fundadora es urgente llevar a cabo las primeras elecciones a través de un Capítulo General. Desde 1955 había solicitado humildemente a La Santa Sede le orientara para realizar este proceso, pues de ninguna manera deseaba mantenerse indefinidamente como superiora. Sin embargo, la Congregación de Religiosos le recomienda esperar a que aumenten el número de religiosas de votos perpetuos. La espera debe prologarse hasta 1961, cuando faltan todavía dos años, el tiempo estipulado por las Constituciones.

Cuando se llega la fecha, la Superiora ve la posibilidad de dejar el cargo en manos de cualquier otra hermana, y estudiar la manera de prepararla para dirigir y tomar decisiones. El primer Capítulo General resulta un trabajo bien organizado y de una estricta formalidad; pero al mismo tiempo, sorprende el ambiente de alegría y ejemplar fraternidad. El 30 de noviembre de 1961 se realiza la elección, y los resultados no parecen sorprender a nadie, excepto a la propia fundadora. María Inés Teresa Arias es elegida por mayoría, y de nueva cuenta, como Superiora General. Después de ser confirmada en tan importante responsabilidad por sus propias hijas, acepta sumisa la voluntad de Dios, y les suplica oraciones para cumplir fielmente con los deberes en la formación de las almas.

Para el año siguiente, el Instituto cuenta ya con dieciséis casas, de las cuales diez se sitúan en el extranjero y las seis restantes, en la República Mexicana. Además, existen tres noviciados: Cuernavaca, con cincuenta novicias, Japón con veintitrés, y Los Ángeles con diez.

Aquélla monjita, quien años atrás se iniciara en la clausura, jamás se imaginó convertida en una dirigente de múltiples funciones. La primera y más importante consistía en planear y evaluar el desarrollo espiritual, jurídico y material de la obra; y la segunda era visitar las misiones y reunirse con el consejo general del instituto y las diferentes autoridades eclesiásticas.

Además de esas actividades dedica gran parte de su tiempo a escribir cartas personales y crónicas de viajes. Al decir de sus hermanas y personas allegadas, María Inés cuenta con una enorme capacidad para estar al pendiente de todo: resuelve con el mismo interés conflictos graves o pequeños inconvenientes, sin descuidar jamás sus periodos de aislamiento para la oración, en la intimidad de la capilla.

Las fundaciones continúan. Las Misioneras Clarisas realizan distintos apostolados también en Europa: en Roma atienden una clínica de convalecencia; en Madrid, una guardería; en Pamplona y Dublín se hace cargo de residencias universitarias. Para la madre Inés, ser misionera es un “derecho”, una obligación que exige, incluso en algunos casos, dar la vida. Como una verdadera madre desea llevar a sus hijas a metas cada vez más altas de santidad y entrega: siempre hijas, siempre, nuestro espíritu misionero debe ser universal, debe abarcar todos los pueblos, razas y naciones, debe abarcar el mundo entero. No deben existir fronteras de ninguna especie.

martes, 19 de enero de 2010

Más fundaciones....



Monterrey, N.L., México


En septiembre de 1954, tres hermanas empiezan la fundación en Monterrey, una ciudad del norte de México rodeada de hermosos cerros, pero de un calor intenso en verano. Después de varios cambios de domicilio desarrollando diferentes actividades apostólicas, las religiosas se establecen definitivamente en una colonia construida para los trabajadores de las empresas Cuauhtémoc y Famosa.

Los dueños, católicos por convicción y muy generosos, les construyen a las religiosas un convento con una bella capilla, con el propósito de que dirijan los colegios para las hijas de los trabajadores. Cada vez más misioneras clarisas se integran a esta comunidad para trabajar en pastoral parroquial, colaborar con la catequesis y la formación de niñas y adolecentes.

Costa Rica, Centroamérica.

A solicitud del Excmo. Sr. Arzobispo Rubén Odio Herrera, se funda en abril de 1959, la casa de Santo Domingo de Heredia, en Costa Rica. El objetivo principal es encargarse de un colegio vocacional para chicos y chicas. Debido a ciertas diferencias con el sacerdote encargado, este liceo corre el riesgo de cerrarse, pero aún así, llegan a ser varias, las generaciones de jóvenes que logran terminar sus estudios.

No era la primera vez que la labor de misioneras clarisas se veía obstaculizada. La Madre Inés sufría enormemente ante estas situaciones y se cuestionaba: “¿Dios mío, por qué sucede esto?” Y ella misma respondía: “¡ah, sí lo sé! Como te sucedió a ti con los escribas, fariseos y doctores de la ley, que conociendo como ningún israelita las profecías, fueron los que más te odiaron, te rechazaron, te calumniaron, hasta llevarte a tan afrentosa muerte” María Inés Terea Arias, por experiencias anteriores, sacaba por conclusión que esto sucedía simplemente por su condición femenina. Algunos hombres de la iglesia pretendían hacer fundaciones en su nombre, pero utilizando religiosas para que realizaran los trabajos más arduos.

En 1962, las misioneras clarisas viajan a Quepos, un paradisíaco lugar entre la selva y el mar. A petición de los hermanos Franciscanos cruzan el país por tren y avioneta hasta ese aislado lugar en donde la calidez de su gente las deja impresionadas.

La catequesis que desarrollan allí se dirige hacía variados campos de acción: dos escuelas, un hospital, un centro social, una academia y un colegio; además la importante labor de visitar las fincas más alejadas para llevar la palabra de Dios. Como muchos otros lugares no faltó un ángel bienhechor que les ayudara. Don Herman Lutz, dueño de la avioneta, cooperó en muchos de los proyectos catequísticos de esos bellos lugares.

Madium, Indonesia

A la ciudad de Madium un país exótico y de costumbres extrañas, llegar tres misioneras clarisas un 16 de septiembre de 1960. El padre Hansen, un santo sacerdote, ya ciego y enfermo, fundador de la Institución Panti Bagia encargada de policlínicas, ayuda y orienta a las hermanas para que empiecen por impartir clases de religión en escuelas católicas.

A pesar de la dificultad que implicaba no conocer el idioma, en poco tiempo las religiosas logran avanzar. Se dedican más adelante a atender una pequeña clínica a la que asisten enfermos muy pobres. Al paso de los años, esta clínica se convierte en maternidad e incluso, cuando era necesario, llegar a realizarse operaciones quirúrgicas. Una clase de apostolado trae como resultado, otro. En ocasiones las misioneras se ven, incluso, en la necesidad de hacerse cargo de niños cuyas madres fallecen en el parto. Los criaban y educaban algún tiempo, para después darlos en adopción a familias cristianas.

Durante los primeros años, la Madre Inés tuvo que sortear muchas dificultades para visitar la misión, pues Indonesia vivía situaciones políticas muy complejas. Una de sus visitas resultó toda una hazaña pues en ese momento el país atravesaba por un golpe de Estado, en el que los comunistas habías asesinado a varios importantes generales.

Tiempo después, el presidente de México, Adolfo López Mateos realiza una visita a Indonesia y a petición de la nunciatura, una de las hermanas misioneras clarisas sirve de intérprete en las ceremonias y banquetes que forman parte del protocolo. Tanto el presidente Sukarmo como el presidente López Mateos, en agradecimiento y teniendo conocimiento de la importante labor que realizaban a favor de la salud en varias clínicas, contribuyen económicamente en pro de la misión de las religiosas.

El trabajo agotador e interminable se ve recompensado en pocos años. Jóvenes nativas se acercan a la congregación con el deseo de ingresar y convertirse en misioneras. Después de un año de prueba, las chicas son aceptadas como postulantes. Actualmente son muchas las misioneras nativas que colaboran con la obra.

Lunsar, Sierra Leona.

Para colaborar con los padres Xaverianos, primeros misioneros en trabajar en Lunsar, Sierra Leona, llegan las primeras misioneras clarisas al continente africano. Después de un largo viaje por barco, arriban al puerto de Freetown para ser conducidas por el Sr. Obispo a su casa misión. Cargadas con un variadísimo equipaje, se instalan en una pequeña casa adaptada en dos salones de una escuela primaria.

Desde un principio nada fue fácil para las hermanas; deben luchar primero, contra la desconfianza de los mismos sacerdotes que las consideran incapaces de soportar las dificultades de la misión; y segundo, contra la actitud de las jovencitas africanas que desconocen absolutamente la disciplina y el respeto. Todo esto unido al calor insoportable, convierte esta misión en un gran reto.

No obstante, su paciencia y entrega total les gana la confianza de sus superiores y en poco tiempo se les construye una funcional escuela secundaria, que ellas llenan de color y vida. La iglesia de Alemania contribuye poco después a adecuarles con todo lo necesario para hacer menos difícil la misión.

Chiapas, México.

Trabajar con los indígenas de Chiapas es otro de los sueños que la Madre María Inés deseaba ver realizado. La historia de estos grupos aislados de las ciudades y perdidos en sierras de clima frío y húmedo, ha sido muy tiste. Abandonados a su suerte, tanto por el gobierno como por la propia iglesia, estos indígenas van deformando la religión, viviendo a su manera y confiando más en los ritos de la brujería.

La desconfianza de los indígenas hacia cualquier tipo de ayuda, hace muy complicada la entrada de las religiosas. Siendo prácticamente rechazadas por la región de los Chamulas, deciden instalarse en San Cristóbal las Casas. Chicas indígenas empiezan a asistir a clases de religión, cultura, español, cocina y costura. Con ellas se forma la granja escuela.

Con el tiempo pueden adquirir a buen precio un terreno grande situado en la falda de una montaña, con el grave inconveniente de convertirse en una zona difícil de transitar durante los frecuentes torrenciales. Pero nunca falta la ayuda, y el Sr. Gobernador permite que se abra una brecha que más adelante permite la construcción de otros edificios.


Es sorprendente la rapidez con que las jóvenes Chamulas aprenden el idioma y los niveles de escolaridad. Algunas incluso, desean pertenecer a la congregación. El interés principal de estas chicas es ayudar a su gente a elevar la dignidad de su raza. La Madre Inés consideraba esas vocaciones como una enorme bendición y no dejaba de dar gracias a Dios: ¡ Quién mejor que esas inditas misioneras para llegar al corazón de su pueblo !
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