miércoles, 27 de mayo de 2015

testimonio (DE RELIGIÓN EN LIBERTAD)

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Recuerdos de un misionero italiano preso en la China de Mao

Las mujeres que adoraban una miga de Eucaristía a escondidas en su celda de la cárcel comunista

Las mujeres que adoraban una miga de Eucaristía a escondidas en su celda de la cárcel comunista
Escena de una cárcel de mujeres en la China actual... en los años de la Revolución maoísta y la Revolución cultural era mucho peor

Actualizado 27 mayo 2015
 
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En Italia, una editorial misionera ha publicado un libro sobre el testimonio de los mártires cristianos en la China maoísta: In catene per Cristo: Diari di martiri nella Cina di Mao, por Fazzini Gerolamo, que se centra en 4 testimonios detallados: un catequista chino, un arzobispo encarcelado, un sacerdote perseguido y un obispo misionero.

Reproducimos un extracto con el testimonio de este último, el italiano Gaetano Pollio, obispo de Kaifeng, diócesis que en aquella época contaba con 17 
parroquias y unos 18.000 fieles. Pollio sobrevivió 
a las cárceles comunistas, pudo volver 
a Italia donde fue arzobispo y narró su experiencia. 
"Esa misa tenía un reflejo del Cielo"
por Gaetano Pollio, arzobispo de Kaifeng

Era el año 1951. En esa cárcel anexa a la oficina de la policía, donde los cristianos rezaban, sufrían y se inmolaban día tras día para el triunfo de la fe, tuve el consuelo de revivir escenas de catacumbas.

Tuve ante todo el consuelo de poder celebrar clandestinamente la Santa Misa.

En la celda me dieron un taburete, y yo pensé: éste será mi altar.
Tenía un cuenco para beber el agua en ebullición, que en la cárcel nos era dada dos veces al día, ydije: éste será mi caliz.

Al estar yo en esos días bajo acusaciones y procesos de carácter político, los dirigentes comunistas, temiendo que me enfermara o muriera en la cárcel, al estar de ese modo privados de la alegría de verme fusilado, permitieron que un catequista de mi diócesis me llevase pan de trigo, y yo contento:un bocado de este pan será mi hostia.

¿Qué me faltaba todavía para la celebración de la Misa? Faltaba el vino. Con una artimaña logré tener también el vino. En China no existe el vino ni el vinagre de uva, porque tanto el uno como el otro lo derivan de cereales. Le pedí al jefe-carcelero una botella de vinagre de uva como medicina, porque – dije – un poco de vinagre en ayunas me daría fuerza. El jefe hizo pedir el vinagre de uva; mis misioneros entendieron y entregaron una botella de vino de misa. La botella fue examinada por jueces, quienes declararon que el contenido era vinagre .

De este modo logré cuatro veces tener el vino. Vestido como convicto, sin ornamentos, sin manteles ni luces, de pie o sentado en tierra frente a ese taburete, ofrecía sobre un pedazo de papel o en la palma de la mano un bocado de pan, ofrecía en esa taza un poco de vino y continuaba la Misa, desde el prefacio hasta la comunión.

Impresos en algunos folletos llegué a tener también la Misa de la Virgen y el canon, folletos con los que los misioneros envolvían el pan, y pude celebrar muchas veces el santo sacrificio, desde el comienzo al fin. Lamentablemente, un día un centinela, al hacer pesquisas en la celda, descubrió esos folletos y los desgarró, pero ignorando el contenido.

Celebré cincuenta y nueve veces, siempre eludiendo la atención de los centinelas, quienes muchas veces ingresaron imprevistamente en la celda mientras yo celebraba, pero jamás se dieron cuenta que yo realizaba el acto más sagrado que existe; yo cumplía plenamente las disposiciones policiales. La Misa celebrada en esas condiciones, en una cárcel donde los perseguidores comunistas enfurecían en su lucha satánica para doblegar a los cristianos, esa Misa, digo, tenía un reflejo del cielo.



La niña de nombre "Pequeña belleza"
Ocho de las niñas que se mostraron heroicas en la defensa de la fe fueron llevadas a prisión y encerradas en la celda junto a la mía.

Entre ellas estaba la mamá de una niña de cuatro años, de nombre Siao Mei, "Pequeña belleza". Esas heroicas mujeres quisieron comunicarse conmigo. ¿Cómo hacerlo? Pensaron en la niña. Pidieron al jefe-carcelero el permiso, sólo para la pequeña, que pudiera dejar la celda algunas horas al día para respirar mejor aire.

A causa de la angustia de la celda y de la gracilidad de la niña, el permiso fue concedido. Y Siao Mei, en el patio de la cárcel, cuando los centinelas estaban un poco lejos de mi puerta, se acercaba y a través de la rendija, articulando las palabras, me decía: “¿Cómo está nuestro obispo? Mi mamá y mis tías me mandan a saludarlo. ¿Qué debo decirles?”. Y yo le decía: "Niñita, dí a tu mamá y a las tías que no tengan miedo, que sean fuertes y que recen muchos rosarios".

La eucaristía detrás de los barrotes
La celda donde estaban detenidas las ocho niñas y Siao Mei se había convertido en un santuario: en ella, el sufrimiento cotidiano era santificado y muchas veces pudo ingresar furtivamente la hostia consagrada.

Al no estar bajo proceso, sino sólo bajo interrogatorios que tenían la finalidad de encabezar acusaciones contra nosotros, las niñas podían recibir la comida de los parientes, a través de los carceleros. Mis misioneros pensaron hacerles llegar la eucaristía, consuelo y fuerza de nuestra peregrinación terrenal.

En China, los panes son pequeños, hechos en forma de cono, cocinados con agua al vapor, todo miga, sin corteza. Si se les hace una incisión, se puede esconder fácilmente en ellos cualquier cosa pequeña y sutil. Los misioneros escondían en estos panes algunas partículas consagradas; luego los panes eran llevados a la cárcel por los parientes de las niñas y entregados a los carceleros, quienes los llevaban a la celda. Las heroicas detenidas cortaban los panes y encontraban en ellos las hostias consagradas y después comulgaban con sus propias manos.

La alegría de ofrecer el sufrimiento
Éstos eran ciertamente los días más felices, pues Jesús ingresaba en esa celda para santificarla y para darles nueva fuerza. En esa triste cárcel pasamos varias fiestas: eran días de dulces memorias religiosas, de esperanza en la victoria de la Iglesia, de alegría por ofrecer a Jesús los propios padecimientos.

Esos fueron los días de la Ascensión, de Pentecostés, de Corpus Christi, de los primeros viernes y sábado de mes y de otros domingos. Jesús descendía en mi celda y transustanciaba en sus preciosísimos cuerpo y sangre un pedazo de pan y unas pocas gotas de vino depositadas en un cuenco, mientras que en la otra celda Jesús ingresaba para encontrar corazones amigos y fieles, precisamente gracias a las manos de gente que lo odiaba.

Cada vez que esas testigos de la fe recibían la eucaristía dejaban una partícula en un pan, y allí sentadas sobre esterillas hacían adoración todo el día y en silencio.

Estaba prohibido rezar en voz alta en la cárcel, pero desde esos corazones la oración se elevaba cálida y penetraba en los cielos.

Muchísimas veces pensé que esa inmunda celda que escondía al Rey de reyes era más preciosa que nuestras iglesias, con demasiada frecuencia desiertas.

En una entrega apasionada y total esas mujeres manifestaban su amor a Jesús y su fidelidad: morir pero no someterse a un gobierno ateo, morir pero no apostatar.

A la tarde, la que no había comulgado por la mañana consumía la última partícula. Cesaba la adoración, caían las tinieblas de la noche, se habrían de escuchar nuevas lágrimas y gemidos, pero el fervor de nuestras almas continuaba y crecía el propósito de inmolarse como Jesús.

El viático llevado por el pequeño ángel
Un día las cristianas que languidecían en la celda próxima a la mía tuvieron un gesto digno de sus hermanas de los primeros siglos de la Iglesia. En el tercer patio de la cárcel estaba detenida una de sus amigas, Josefina Ly, quien por su fe y por su valentía había sido relegada a una celda húmeda y oscura. Las mujeres pensaron: es necesario mandarle la eucaristía.

¿Cómo hacer? Pensaron nuevamente en la pequeña Siao Mei. Durante algunos días la instruyeron bien. Cuando llegó la hora en la que el centinela solía abrir la puerta para hacer salir de la celda a Siao Mei, las cristianas tomaron una partícula consagrada, la envolvieron en un pañuelo limpio y la pusieron en el bolsillo del vestido de la niña, justamente sobre su corazón.

La madre de la niña tomó entre sus brazos a la criatura, la levantó al nivel de su rostro y le preguntó: “Dime, Siao Mei, si el centinela te encuentra la hostia, ¿qué harás?”. La niña dijo tranquilamente: "La comeré y no se la daré al carcelero".

Estas palabras conmovieron el corazón paterno del Santo Padre Pío XII, cuando le conté la historia de Siao Mei, en la audiencia privada que tuve con él cuando volví de China. Esas palabras le hicieron exclamar: "¡Es una respuesta dogmática!".

Querida Siao Mei, tú habías comprendido que si una mano sacrílega hubiese intentado profanar la hostia santa, tú, aunque inmadura, podías recibir a Jesús, pero no podías darle la partícula a un carcelero comunista, enemigo de Dios y pagano.

El candado crujió, la puerta se abrió. Siao Mei salió sonriendo de la celda, se quedó en el primer patio jugando sola y se trasladó al segundo patio.

En el tercer patio la guardia quiso echarla, era una guardia con una mueca desdeñosa, una que había dado prueba de fidelidad y que era capaz de saber apretar entre las cadenas a no pocos inocentes. "Quiero ver a mi tía Josefina Ly", dijo Siao Mei. "No puedes", respondió con dureza la guardia. "¿Por qué no puedo? Es mi tía". Y comenzó a gritar: "¡Tía Josefina, tía Josefina!".

La centinela la regañó ásperamente y quiso empujar a la niña fuera del patio, pero Siao Mei comenzó deliberadamente a llorar amargamente y a sollozar. La centinela, temiendo ser acusada de haber golpeado a la niña, abrió con prontitud la celda de Josefina Ly e introdujo allí al pequeño ángel. La inocente Siao Mei entregó a Josefina el hermoso pañuelo... Se produjo un silencioso recogimiento en esa celda, luego hubo otro grito y se abrió nuevamente la puerta. Así, con el grito y con algún pequeño capricho, Siao Mei logró llevar cuatro veces la comunión a la tía ficticia.

Mientras en esa tenebrosa cárcel se emitían sentencias criminales contra los inocentes o contra los seguidores de Cristo, mientras se renovaban escenas de terror y de horror, nosotros vivíamos escenas de piedad y de amor, escenas de los primeros siglos de la Iglesia.

(Traducido al español para chiesa.espresso.repubblica.it por José Arturo Quarracino, Temperley, Buenos Aires, Argentina)

En el vídeo, escenas de la Revolución Cultural en China en los 60, una oleada de persecución comunista contra todo lo "disidente", especialmente contra la religión 

viernes, 8 de mayo de 2015

MI HERMANO SUFRE

Mi hermano sufre.
Cuando escribo este texto, se celebra la Jornada Mundial del Enfermo, 2015 y el mensaje del Papa Francisco para esta celebración: “Sabiduría del corazón, es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo”, me introduce a buscarnos a nosotros mismos.
Si algo nos hace levantar la mirada hacia el cielo es la punzada seca del dolor. El sufrimiento siempre llega por sorpresa, y viene  a delatar lo más hermoso de nuestra vida, lo más esencial de nosotros mismos. Pero, si tiene sentido, entonces es soportable, e incluso, puede llegar a ser esencial para entender nuestra propia existencia.
La enfermedad puede conducir a la angustia, al repliegue sobre sí mismo, a veces incluso a la desesperación y a la rebelión contra Dios. Otras veces alcanza  hacer a la persona más madura, ayudarla a discernir en su vida lo que no es esencial para volverse hacia lo que lo es. Con mucha frecuencia, la enfermedad empuja a una búsqueda de Dios, un retorno a Él.

El Papa Francisco ha insistido  con crees sobre la actitud de ofuscación que tiene el mundo, es decir que tenemos las personas, ante el dolor y el sufrimiento de nuestro prójimo... 
Y afirma: “La Iglesia considera a las personas enfermas como una vida privilegiada. Para encontrar a Cristo, para acogerlo y servirlo”
Las personas que sufren  «deben entrar en mi corazón, deben causar una inquietud en mí. Mi hermano sufre, mi hermana sufre; he ahí el misterio de la comunión de los santos. Ora: Señor mira aquél, llora, sufre. Ora, permitidme decirlo, con la carne». Orar con nuestra carne, entonces, «no con las ideas; rezar con el corazón» reafirma.
"El sufrimiento no me es desconocido. En él encuentro mi alegría, pues en la cruz se encuentra Jesús y Él es amor. Y ¿qué importa sufrir cuando se ama?" (Teresa de Los Andes, carta 14)

Alguna vez has tratado de imaginar  a esos  padres con un hijo enfermo, las personas solas o las que se han quedado sin trabajo, los exiliados que han huido de los horrores de la guerra, quienes han sufrido graves injusticias en la vida, a esas personas con cáncer sin esperanza de vida, a esa madre o padre con Alzheimer….

Ciertamente, el sufrimiento, especialmente el de los inocentes, sigue siendo un misterio para todos; pero sin fe en Dios se convierte en algo inmensamente más absurdo.

Quien sabe de dolor todo lo sabe, escribió Dante. San Juan Pablo II en la encíclica Salvifici  doloris, (que encomiendo su lectura) a través del cual las energías salvíficas de la cruz de Cristo se ofrecen a la humanidad (cf. n. 23).” “El sufrimiento va más allá de la enfermedad, pues existe el sufrimiento físico y el espiritual. Además del sufrimiento individual, está el sufrimiento colectivo, que se da debido a los errores y transgresiones de los humanos, en especial en las guerras. Hay tiempos en que este sufrimiento colectivo aumenta. El sufrimiento tiene un sujeto y es el individuo quien lo sufre. Sin embargo, no permanece encerrado en el individuo, sino que genera solidaridad con las demás personas que también sufren; ya que el único en tener una conciencia especial de ello es el hombre y todo hombre. El sufrimiento entraña así solidaridad. Es difícil precisar la causa del sufrimiento, o del mal que va junto al sufrimiento. El hombre se la pregunta a Dios y con frecuencia reniega de él, porque piensa no encontrar dicha causa.

Y en la  Jornada mundial del enfermo nos recordó, además, que junto a toda persona que sufre debe haber un hermano o una hermana animados por la caridad. Como el buen samaritano, del que Jesús habla en la conocida parábola evangélica, todo creyente está llamado a dar amor a quien se encuentra en la prueba. ¡Jamás hay que "pasar de largo"! Al contrario, es necesario detenerse, inclinarse sobre el hombre abatido y doliente, aliviando su carga y sus dificultades. Así se proclama el evangelio de la consolación y de la caridad; este es el testimonio que los hombres de nuestro tiempo esperan de todos los cristianos.

Benedicto XVI: “Una sociedad que no acepta al que sufre no es una sociedad humana”. Muy cierto: el que sufre es molesto, es una carga, es débil… y a la sociedad del siglo XXI no le gustan los débiles.
Existe, pues, una íntima relación entre la Cruz de Jesús -símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera libertad- y nuestros dolores, sufrimientos, aflicciones, penas y tormentos que pueden pesar sobre nuestras almas o echar raíces en nuestros cuerpos. El sufrimiento se transforma y sublima cuando se es consciente de la cercanía y solidaridad de Dios en esos momentos. Es esa la certeza que da la paz interior y la alegría espiritual propias del hombre que sufre generosamente y ofrece su dolor "como hostia viva, consagrada y agradable a Dios "(Rm 12,1). El que sufre con esos sentimientos no es una carga para los demás, sino que contribuye a la salvación de todos con su sufrimiento.
La indiferencia hacia los demás.. ¡Nos hemos habituado al sufrimiento del otro, no nos concierne, no nos interesa, no es un asunto nuestro!
Ser prójimo, en cristiano, es practicar la misericordia con cada próximo, sea. porque no nos da un mero sentimiento, sino que nos hace sentir con el que sufre. ... ante el dolor ajeno, sino que nos impele a ser solidarios con el que sufre... esa es nuestra tarea.
Guardini señala que comprensión, significa "ver, escuchar, sentir como, detrás de un sentimiento que se muestra, detrás de un pensamientos que se expresa, hay mucho más que permanece oculto y, cuando lo que ha estado oculto es finalmente conocido, puede ser que detrás de ello, exista todavía más." Ese "meterse" en el otro, compenetrarse con él es denominado algunas veces compasión, precisamente cuando se refiere a una persona que está sufriendo. Sin embargo, si se mira un poco más allá, descubrimos que cada uno de nosotros es un sujeto sufriente; cada uno tiene que sufrir sus propios límites y fallas, los altibajos de la vida, las peculiaridades de las personas queridas. Cuanto más conocemos a una persona, tanto más sabemos de las dificultades que ella debe soportar. Y estamos dispuestos a sobrellevarlas con ella. La compasión es "la única puerta a través de la cual se puede penetrar en la interioridad de otro ser humano" y la única mediante la que se puede compartir su destino.

“Venid a mí todos los que estáis cansados...” (Mt 11,28). La potencia redentora del sufrimiento está en el amor. Esta es mi invitación: saber aceptar, puesto que esta misma causa la está sufriendo él que esto escribe y  seguiré, si Dios quiere, como el junco que se dobla pero no se troncha, aceptando los sentimientos, escuchando lo que me quieren contar y sobrellevando el dolor lo mejor que pueda, esto me lo aplico a mí persona y a los enfermos que visito, pues como indica el salmo  73:28 “Mi dicha es estar cerca de Dios: yo he puesto mi refugio en ti, Señor, para proclamar todas tus acciones”.


Miguel Iborra Viciana

PÁGINAS 76 Y 77

martes, 21 de abril de 2015

¿PUEDO SER MÁRTIR?

“El señor nos despierta con el testimonio de los santos, con el testimonio de los mártires, que todos los días nos anuncian que ir por el camino de Jesús es su misión, anunciar el año de gracia. Papa Francisco.
El camino de Jesús, es el de la humillación, también nos lo ha dicho. Y al leer todos los martirios que se están dando a diario me llega una idea que se me está marcando con mas claridad. Los mártires son unos cristianos que saben amar... Aman a Dios por sobre todas las cosas y aman a sus enemigos, los perdonan les desean el bien..... Y me pregunto ¿cómo reaccionaría yo ante la inminencia del martirio? ¿Sería capaz de ser mártir o solo una víctima del odio a Jesús? Sin ningún mérito porque me enojé, porque no supe perdonar, porque me sentí ofendido por mis agresores..... un mártir es un cristiano que ha practicado su martirio de muchas formas en su vida diaria, a visto con buenos ojos a los demás, ha perdonado ofensas grande y pequeñas, a dado testimonio en ambientes favorables y adversos... Ha sido cristiano.

domingo, 15 de marzo de 2015

Mi Domingo. R.I.P.

El la Misa de hoy domingo, en el canto de salida cantaron un hermoso canto que me llega al alma:
A ti señor, levantaré mi alma (2)

Oh Dios mío en ti confío,
no sea yo avergonzado,
no se alegren de mi mis enemigos (2)

De los pecados de mi juventud y
de mis rebeliones no te acuerdes más.

Oh Dios mío.....

Se me queda grabado y lo repito luego muchas veces.....y me  hizo pensar en mi muerte.

Tengo una amiga que me tiene el encargo de los cantos de su misa de funeral, quiere que le canten: Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor...... y luego cuando la estén enterrando le canten la de Juan Gabriel: Amor eterno. Cada quien se siente identificado con alguna canción.

He escuchado en distintas conversaciones que cada quien va dejando alguna instrucción para después de su muerte.... algunas verdaderamente extravagantes..... como juntar las cenizas con las del esposo y luego tirarlas en el mar..... o cosas así.... que si quieren que los entierren o que si mejor los incineran... etc. etc. etc. 

Esto me ha hecho pensar en que no quiero dejar ningún tipo de instrucción para mi funeral..... que si ya estoy muerta no tengo porqué dejar cargas a los que se quedan.... ¿quiénes se quedarán? no lo sé ¿quién podrá y querrá hacerse cargo de mis extravagancias?..... mejor que hagan con mis restos lo que mejor se les acomode en ese momento.... eso sí, quisiera que alguien rezara por mi... eso sí que lo voy a necesitar..... pero ni eso quiero dejar de encargo..... ojalá alguien quiera hacerlo porque sí que lo voy a necesitar.


viernes, 13 de marzo de 2015

ME CONFESÉ

Hoy me confese. Ayer fui y no tuve suerte, no hubo confesiones, pero no desistí y me fui temprano, fui "primeras" pero al último.... Porque las confesiones fueron al terminar la misa.... Durante la misa estuvieron junto a mi una mamá y su joven hijo, un joven muy delgado, rapado de la cabeza, con barba de candado, y un tatuaje en el cuello. El muchacho se veía bastante nervioso, pero condescendiente con la mamá. La ayudó a levantarse después de la Consagración y le ponía atención a cuanto ella le indicaba.... Tal vez la madre quería de manera insistente llevar al joven por el buen camino... Lo miraba, le acariciaba la rodilla.. Le hablaba quedito....
El padre no quiso confesar en el confesionario... Tiene una lesión en la pierna y quizá le incomoda el lugar, así que, nos trasladamos a las primeras bancas del templo. Como ya dije fui "primeras" y como es mi costumbre enumeré mis graves y persistentes pecados uno tras otro, sin entrar en explicaciones ni justificaciones.... Y eso hizo que la confesión fuera muy rápida, lo mismo que la gracia divina para perdonar.... Me levanté siendo la misma, pero transformada, gozosa, y no pude evitar una sonrisa, me he dado cuenta que esa es mi reacción espontánea después de la confesión......sonreír. Y con la sonrisa en los labios vi los rostros asombrados de los que esperaban a la confesión un poco más atrás, sobre todo el muchacho delgado, que me miraba insistentemente. No pude evitar, mirarlo también, ampliar la sonrisa y hacer un gesto con mi mano......��

martes, 10 de marzo de 2015

PERDÓN

HOMILÍA COMPLETA DEL PAPA
(Fuente: Radio Vaticana)

"Pedir perdón es otra cosa, es distinto que pedir disculpas. ¿Yo me equivoco? Pero, discúlpame, me he equivocado… ¡He pecado! No tiene nada que ver una cosa con la otra. El pecado no es una simple equivocación. El pecado es idolatría, es adorar al ídolo, al ídolo del orgullo, de la vanidad, del dinero, del ‘mí mismo’, del bienestar… Tantos ídolos que nosotros tenemos. Y por esta razón Azarías no pide disculpas. Pide perdón”.

"Jesús nos enseña a rezar así al Padre: ‘perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos  a los que nos ofenden’. Si yo no soy capaz de perdonar, no soy capaz de pedir perdón. ‘Pero, Padre, yo me confieso, voy a confesarme…’. ‘¿Y qué haces antes de confesarte?’. ‘Pienso en las cosas que he hecho mal…’. ‘Está bien’. ‘Después pido perdón al Señor y prometo no volver a hacerlas…’. ‘Bien. Y después vas a lo del sacerdote. Pero antes te falta una cosa: ¿has perdonado a aquellos que te han hecho el mal?’”.

"Este es el razonamiento que Jesús nos enseña sobre el perdón. Primero: pedir perdón no es un sencillo pedir disculpas, es ser consciente del pecado, de nuestra idolatría, de las tantas idolatrías. Segundo: Dios siempre perdona, siempre. Pero pide que yo perdone. Si yo no perdono, en cierto sentido cierro la puerta al perdón de Dios. ‘Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’”.

domingo, 1 de febrero de 2015

7 domingos de san José 1er domingo de san José

Meditación del día de Hablar con Dios (2)

7 domingos de san José
1er domingo de san José
VOCACIÓN Y SANTIDAD DE SAN JOSÉ*

http://www.hablarcondios.org/meditaciondiaria2.asp

— El más grande de los santos.
— «A los que Dios elige para algo, los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello».
— Nuestra propia vocación: «porque tenemos la gracia del Señor, podremos superar todas las dificultades».
I. Comenzamos hoy esta antigua costumbre de preparar, con siete semanas de antelación, la festividad del Santo Patriarca, que tuvo a su cargo en la tierra a Jesús y a María. En cada uno de estos domingos, procuraremos meditar la vida de San José, llena de enseñanzas, fomentaremos su devoción y nos acogeremos a su patrocinio.
San José, después de María, es el mayor de los santos en el Cielo, según enseña comúnmente la doctrina católica1. El humilde carpintero de Nazareth sobresale en gracia y en bienaventuranza por encima de los patriarcas, de los profetas, de San Juan el Bautista, de San Pedro, de San Pablo, de todos los Apóstoles, santos mártires y doctores de la Iglesia2. Ocupa en la Plegaria eucarística I (Canon Romano) del misal el primer lugar, después de Nuestra Señora.
Al Santo Patriarca le han sido encomendados, de un modo real y misterioso, los cristianos de todas las épocas. Así lo expresan las bellísimas Letanías de San José aprobadas por la Iglesia, que resumen todas sus prerrogativas: San José, ilustre descendiente de David, luz de los patriarcas, esposo de la Madre de Dios (...), modelo de los que trabajan, honor de la vida doméstica, guardián de las vírgenes, sostén de las familias, consolación de los afligidos, esperanza de los enfermos, patrono de los moribundos, terror de los demonios, protector de la Iglesia santa... Salvo a María, a ninguna otra criatura podemos dirigir tantas alabanzas. La Iglesia entera reconoce en San José a su protector y patrono. Este patrocinio «es necesario a la Iglesia no solo como defensa contra los peligros que surgen, sino también y sobre todo como aliento en su renovado empeño de evangelización en el mundo y de reevangelización en aquellos «países y naciones, en los que (...) la religión y la vida cristiana fueron florecientes» y que «están ahora sometidos a dura prueba». Para llevar el primer anuncio de Cristo y para volver a llevarlo allí donde está descuidado u olvidado, la Iglesia tiene necesidad de un especial poder desde lo alto (cfr. Lc 24, 49; Hech 1, 8), don ciertamente del Espíritu del Señor, no desligado de la intercesión y del ejemplo de sus Santos»3. Muy especialmente del más grande de todos ellos.
A lo largo de estas siete semanas, en las que preparamos su fiesta, podemos renovar y enriquecer esta sólida devoción y obtener muchas gracias y ayudas del Santo Patriarca. Son días para acercarnos más a él, para tratarle y amarle. «Quiere mucho a San José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre.
»-Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios»4. Aprovechemos particularmente en estos días este poder de intercesión, encomendándole aquello que más nos preocupa, de lo que tenemos más necesidad.
II. A San José se le puede aplicar el principio formulado por Santo Tomás a propósito de la plenitud de gracia y de la santidad de María: «A los que Dios elige para algo, los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello»5.
Por esto, la Virgen Santísima, llamada a ser Madre de Dios, recibió, junto con la inmunidad de la culpa original, desde el mismo instante de su Concepción una plenitud de gracia que superaba ya la gracia final de todos los santos juntos. María, la más cercana a la fuente de toda gracia, se benefició de ella más que ninguna otra criatura6. Y después de María, nadie estuvo más cerca de Jesús que San José, que hizo las veces de padre suyo aquí en la tierra. Después de María, nadie recibió una misión tan singular como José, nadie le amó más, nadie le prestó más servicios... Ningún otro estuvo más cerca del misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. «Precisamente José de Nazareth “participó” en este misterio como ninguna otra persona, a excepción de María, la Madre del Verbo Encarnado. Él participó en este misterio junto con ella, comprometido en la realidad del mismo hecho salvífico, siendo depositario del mismo amor, por cuyo poder el eterno Padre nos predestinó a la adopción de hijos suyos por Jesucristo (Ef 1, 5)»7.
El alma de José debió ser preparada con singulares dones para que llevara a cabo una misión tan extraordinaria, como la de ser custodio fiel de Jesús y de María. ¿Cómo no iba a ser excepcional la criatura a quien Dios encomendó lo que más quería de este mundo? El ministerio de San José fue de tal importancia que todos los ángeles juntos no sirvieron tanto a Dios como José solo8.
Un autor antiguo enseña que San José participó de la plenitud de Cristo de un modo incluso más excelente y perfecto que los Apóstoles, pues «participaba de la plenitud divina en Cristo: amándole, viviendo con Él, escuchándole, tocándole. Bebía y se saciaba en la fuente superabundante de Cristo, formándose en su interior un manantial que brotaba hasta la vida eterna.
»Participó de la plenitud de la Santísima Virgen de un modo singular: por su amor conyugal, por su mutua sumisión en las obras y por la comunicación de sus consolaciones interiores. La Santísima Virgen no pudo consentir que San José estuviese privado de su perfección, alegría y consuelos. Era bondadosísima, y por la presencia de Cristo y de los ángeles gozaba de alegrías ocultas a todos los mortales, que solo podía comunicar a su esposo amantísimo, para que en medio de sus trabajos tuviese un consuelo divino; y así, mediante esta comunicación espiritual con su esposo, la Madre intacta cumplía el precepto del Señor de ser dos en una sola carne»9.
¡Oh José! -le decimos con una oración que sirve para prepararnos a celebrar la Santa Misa o a asistir a ella- varón bienaventurado y feliz, a quien fue concedido ver y oír al Dios, a quien muchos reyes quisieron ver y oír, y no oyeron ni vieron. Y no solo verle y oírle, sino llevarlo en brazos, besarlo, vestirlo y custodiarlo: ruega por nosotros10. Atiéndenos en aquello que en estos días te pedimos, y que dejamos en tus manos para que tú lo presentes ante Jesús, que tanto te amó y a quien tanto amaste en la tierra y ahora amas y adoras en el Cielo. Él no te niega nada.
III. Enseña San Bernardino de Siena, siguiendo a Santo Tomás, que «cuando, por gracia divina, Dios elige a alguno para una misión muy elevada, le otorga todos los dones necesarios para llevar a cabo esta misión, lo que se verifica en grado eminente en San José, padre nutricio de Nuestro Señor Jesucristo y esposo de María»11. La santidad consiste en cumplir la propia vocación. Y en San José esta consistió, principalmente, en preservar la virginidad de María contrayendo con Ella un verdadero matrimonio, pero santo y virginal.El Ángel del Señor le dijo: José, hijo de David, no temas recibir contigo a María, tu mujer, pues lo que en Ella ha nacido es obra del Espíritu Santo12. María es su esposa, y José la amó con el amor más puro y delicado que podamos imaginar.
Con relación a Jesús, José veló sobre Él, le protegió, le enseñó su oficio, contribuyó a su educación... «Se le llama su padre nutricio y también padre adoptivo, pero estos nombres no pueden expresar plenamente esta relación misteriosa y llena de gracia. Un hombre se convierte accidentalmente en padre adoptivo o en padre nutricio de un niño, mientras que José no se convirtió accidentalmente en el padre nutricio del Verbo encarnado; fue creado y puesto en el mundo con ese fin; es el objeto primero de su predestinación y la razón de todas las gracias»13. Esa fue su vocación: ser padre adoptivo de Jesús y esposo de María; sacar adelante, muchas veces con sacrificio y dificultades, a aquella familia.
San José fue tan santo porque correspondió fidelísimamente a las gracias que recibió para cumplir una misión tan singular. Nosotros podemos meditar hoy junto al Santo Patriarca en la vocación en medio del mundo que también hemos recibido y en las gracias necesarias que continuamente nos da el Señor para vivirla fielmente.
Nunca debemos olvidar que a quienes Dios elige para algo, los prepara y dispone de tal modo que sean idóneos para ello. ¿Dudamos cuando encontramos dificultades para llevar a cabo lo que Dios quiere de nosotros: sostener a la familia, vivir la entrega generosa que el Señor nos pide, vivir el celibato apostólico, si ha sido esa la inmensa gracia que Dios ha querido para nosotros?, ¿seguimos el razonamiento lógico de que «porque tengo la gracia de Dios, porque tengo una vocación, podré superar todos los obstáculos?», ¿me crezco ante las dificultades, apoyándome en Dios?
«Lo has visto con claridad: mientras tanta gente no le conoce, Dios se ha fijado en ti. Quiere que seas fundamento, sillar, en el que se apoye la vida de la Iglesia.
»Medita esta realidad, y sacarás muchas consecuencias prácticas para tu conducta ordinaria: el fundamento, el sillar –quizá sin brillar, oculto– ha de ser sólido, sin fragilidades; tiene que servir de base para el sostenimiento del edificio...; si no, se queda aislado»14. San José, que fue cimiento seguro en el que descansaron Jesús y María, nos enseña hoy a ser firmes en nuestra peculiar vocación, de la que dependen la fe y la alegría de tantos. Él nos ayudará a ser siempre fieles, si acudimos frecuentemente a su patrocinio. Sancte Ioseph... ora pro nobis... ora pro me, le podemos repetir muchas veces en el día de hoy.
1 Cfr. León XIII, Enc. Quamquam pluries, 15-VIII-1899. — 2 Cfr. San Bernardino de SienaSermón I sobre San José. — 3 Juan Pablo II, Exhor. Apost. Redemptoris custos, 15-VIII-1989, 19. — 4 San Josemaría EscriváForja, n. 554. — 5 Santo Tomás,Suma Teológica, 3. q. 27, a. 4, c. — 6 Ibídem, a. 5. — 7 Juan Pablo IIibídem, 2. — 8 Cfr. B. LlameraTeología de San José, BAC, Madrid 1953, p. 186. — 9 Isidoro de Isolano -siglo xvi-, Suma de los dones de San José, III, 17. — 10 Preces selectae, Adamas Verlag, Colonia 1987, p. 12. — 11 San Bernardino de Sienaloc. cit. — 12 Mt 1, 20; Lc 2, 5. — 13 R. Garrigou-LagrangeLa Madre del Salvador, p. 389. — 14 San Josemaría EscriváForja, n. 472.
* La devoción y el culto a San José han nacido y crecido espontáneamente en el corazón del pueblo cristiano, el cual ha sabido descubrir en el Santo Patriarca el modelo de humildad, de trabajo y de fidelidad en el cumplimiento de la propia vocación.
Entre las devociones más extendidas al que hizo de padre de Jesús aquí en la tierra y fue fiel custodio de María, está la de los siete domingos que preceden a la fiesta. En ellos se suele meditar algún aspecto de la personalidad del Santo Patriarca y se acude a su intercesión para pedir tantas gracias como necesitamos.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

ORACIÓN DE FIN DE AÑO Y AÑO NUEVO 2015

El Papa Francisco nos pide, en este fin de año, Agradecer y Pedir Perdón, 

Cada año hago eso...me arrepiento por haber dejado tantas cosas sin hacer, por haber hecho tantas cosas en la mediocridad y por olvidar hacer las cosas con la mirada puesta en el Cielo. Además todas aquellas cosas que no debía hacer..... las indiferencias, los berinches, las críticas, la burla..... una larga lista de pecados que quedaron ya borrados proque la gracia de Dios todo lo puede....... y 

Agradecer, primero que nada, esa Gracia de Dios que no se agota nunca, que no se cansa de acercarse, de perdonar, de inspirar buenos deseos, buenas intenciones, motivaciones para seguir adelante cuando todo parece derrumbarse.

Pero este año quiero pedir perdón y al mismo tiempo agradecer el "saberme peregrino"... peregrino en la vida, peregrino en el mundo... caminante que tiene una puerta abierta a la que sabe, desea, intuye, corre y quiere llegar.... La Casa del Padre... mi casa. Quiero pedir perdón por perder el camino, por arrastrarme en los senderos tortuosos de lo mundano, de lo caduco y quiero agradecer que la Luz de Cristo es mas fuerte que las tinieblas y siempre me vuelve a mostrar esa Puerta por la que tarde o temprano pasaré. Quiero Señor, en este Año que comienza.... una sola cosa: "SER PEREGRINO" con el rumbo bien definido hacia Ti, tomado de tu mano.

martes, 30 de diciembre de 2014

MENSAJE PARA LA JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO

A continuación, publicamos el texto íntegro del Mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2015.
Sapientia cordis. «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (Jb 29,15)
Queridos hermanos y hermanas:
Con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de Enfermo, instituida por san Juan Pablo II, me dirijo a vosotros que lleváis el peso de la enfermedad y de diferentes modos estáis unidos a la carne de Cristo sufriente; así como también a vosotros, profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario.
El tema de este año nos invita a meditar una expresión del Libro de Job: «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (29,15). Quisiera hacerlo en la perspectiva de la sapientia cordis, la sabiduría del corazón.
1. Esta sabiduría no es un conocimiento teórico, abstracto, fruto de razonamientos. Antes bien, como la describe Santiago en su Carta, es «pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía» (3,17). Por tanto, es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconoce en ellos la imagen de Dios. De manera que, hagamos nuestra la invocación del Salmo: «¡A contar nuestros días enséñanos / para que entre la sabiduría en nuestro corazón!» (Sal 90,12). En esta sapientia cordis, que es don de Dios, podemos resumir los frutos de la Jornada Mundial del Enfermo.
2. Sabiduría del corazón es servir al hermano. En el discurso de Job que contiene las palabras «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies», se pone en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte de este hombre justo, que goza de cierta autoridad y tiene un puesto de relieve entre los ancianos de la ciudad. Su talla moral se manifiesta en el servicio al pobre que pide ayuda, así como también en el ocuparse del huérfano y de la viuda (vv.12-13).
Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies». Personas que están junto a los enfermos que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.
3. Sabiduría del corazón es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual «no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). Jesús mismo ha dicho: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).
Pidamos con fe viva al Espíritu Santo que nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento, con frecuencia silencioso, que nos lleva a dedicar tiempo a estas hermanas y a estos hermanos que, gracias a nuestra cercanía y a nuestro afecto, se sienten más amados y consolados. En cambio, qué gran mentira se esconde tras ciertas expresiones que insisten mucho en la «calidad de vida», para inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas.
4. Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse, del hacerse cargo del otro. En el fondo, detrás de esta actitud hay frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor, que dice: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).
Por esto, quisiera recordar una vez más «la absoluta prioridad de la "salida de sí hacia el otro" como uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual como respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 179). De la misma naturaleza misionera de la Iglesia brotan «la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve» (ibíd.).
5. Sabiduría del corazón es ser solidarios con el hermano sin juzgarlo. La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Jb 2,13). Pero los amigos de Job escondían dentro de sí un juicio negativo sobre él: pensaban que su desventura era el castigo de Dios por una culpa suya. La caridad verdadera, en cambio, es participación que no juzga, que no pretende convertir al otro; es libre de aquella falsa humildad que en el fondo busca la aprobación y se complace del bien hecho.
La experiencia de Job encuentra su respuesta auténtica sólo en la Cruz de Jesús, acto supremo de solidaridad de Dios con nosotros, totalmente gratuito, totalmente misericordioso. Y esta respuesta de amor al drama del dolor humano, especialmente del dolor inocente, permanece para siempre impregnada en el cuerpo de Cristo resucitado, en sus llagas gloriosas, que son escándalo para la fe pero también son verificación de la fe (Cf Homilía con ocasión de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, 27 de abril de 2014).
También cuando la enfermedad, la soledad y la incapacidad predominan sobre nuestra vida de donación, la experiencia del dolor puede ser lugar privilegiado de la transmisión de la gracia y fuente para lograr y reforzar la sapientia cordis. Se comprende así cómo Job, al final de su experiencia, dirigiéndose a Dios puede afirmar: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (42,5). De igual modo, las personas sumidas en el misterio del sufrimiento y del dolor, acogido en la fe, pueden volverse testigos vivientes de una fe que permite habitar el mismo sufrimiento, aunque con su inteligencia el hombre no sea capaz de comprenderlo hasta el fondo.
6. Confío esta Jornada Mundial del Enfermo a la protección materna de María, que ha acogido en su seno y ha generado la Sabiduría encarnada, Jesucristo, nuestro Señor.
Oh María, Sede de la Sabiduría, intercede, como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que en el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor, podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón.
Acompaño esta súplica por todos vosotros con la Bendición Apostólica.
Vaticano, 30 de diciembre de 2014
Memorial de San Francisco Javier
Franciscus
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